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Donetsk. La “comuna” de Spartak resiste los ataques del ejército de Ucrania


Antes de la guerra, vivían en Spartak -localidad situada junto al aeropuerto de Donetsk- 2.000 personas. Ahora quedan alrededor de 80, tan persistentes que se niegan a irse a otra parte. En los últimos tres años, las fuerzas ucranianas han destruido el pueblo: no hay gas, no hay electricidad, no hay agua corriente. ¿Cómo sobreviven en estas condiciones, y bajo constantes ataques, estos 80 residentes de Spartak?


Mariátegui *
18/05/17

Sobreviven por la comuna. Sí, ese es el nombre de la comunidad organizada por los residentes locales. 2014 fue un infierno en Spartak y el gobierno local del pueblo huyó aplastándolo todo a su paso. Tomó las riendas Vera, una residente local, que ahora comanda el pueblo. Los vecinos la llaman simplemente “gobernadora”.

Llegamos a este “fantasma viviente” junto a los representantes del servicio de prensa de las fuerzas armadas de la RPD. Nos recibe Valentina Pleshkova, de 54 años y miembro de la comuna, que junto a su marido y su nieta de once años -la huérfana Vika- no han abandonado el pueblo en ningún momento.

“Disparan todas las noches. Por ejemplo, la noche del 9 al 10 de mayo, a un vecino de la calle principal -Chapaev- le cayó una bomba en el tejado y aquí en el cobertizo también hay un agujero, ¿quiere verlo? Esto también es algo horrible. Por la noche vamos al sótano porque ahí es seguro. Durante el día preparamos la comida, hacemos algunos trabajos en la casa. Y por la noche, al sótano, porque hay ataques. Solo una vez nos quedamos en el piso con Vika. Era 2015 y nos despertaron en mitad de la noche. ¿Imagina lo que es tener que sacar de la cama a un niño para llevarlo al sótano?”, cuenta la mujer.

En este momento, Vika vuelve del colegio. Por cierto, en el pueblo quedan solo dos escolares: Vika y Marina, de 16 años. Estudian en el colegio de la vecina localidad de Yakovlevskaya. Van hasta la parada y, en el autobús 109, hasta el siguiente pueblo.

Lo primero que hace Vika es ir a dar de comer a los pollos. Es su actividad favorita para pasar el tiempo.

– ¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

-Agricultora, pero si eso no funciona, peluquera.

“Los últimos meses han sido más tranquilos. Estaba acostumbrada a ataques más fuertes. Si los ataques son muy fuertes, esto da mucho miedo, pero lejos es normal, no da miedo. Si hay muchos disparos por la mañana no voy al colegio, los profesores dicen que lo entienden”, explica. Sus clases favoritas son las matemáticas y educación física. Saca cuatros y cincos [en escala sobre 5] y solo algún tres en alemán. “En segundo estudiaba inglés y en cuarto alemán, por eso los treses”, sonríe.

– ¿Y sabes ucraniano?

-Sí, pero no me gusta.

– ¿Por qué?

-No sé por qué, es muy duro para mí, raro.

Vika enseña la cocina. Está equipada con un horno en el que los residentes de las casas vecinas hacen la comida. Es la “comuna de Spartak”.

“Después de estos tres años, no hay luz, gas ni agua corriente y las tiendas están cerradas. ¿Productos? Algunos tienen animales, los jardines. A veces ayuda Cruz Roja y otras personas solidarias. Desde 2015 recibimos una pensión por la niña, 2600 rublos, pero desde octubre del año pasado organizamos un equipo de limpieza de la ciudad y así tenemos otros 2.000 extra. Si queremos algo de leche, vamos al pueblo de al lado, compramos…y vivimos”, explica la abuela.


Bajamos al sótano, que ha sustituido a las habitaciones de los residentes. En una pequeña sala están las camas, la estufa y el generador. Es habitable, pero, aun así. Aquí pasan la tarde y la noche Vika, su abuela y su abuelo. ¡Desde hace tres años!

– ¿Han oído hablar de los acuerdos de Minsk?, pregunto.

-Hemos oído. Pero no se cumplen. ¡No hemos tenido tregua ni un solo día! Una vez, en 2014, una semana en septiembre estuvo tranquilo, pero esa es la única vez en tres años de guerra. El resto del tiempo es un infierno -explica Valentina.

Hay que decir que en todo el tiempo que duró nuestra conversación, ni ella ni su nieta se quejaron una sola vez. ¿Se han resignado a su terrible destino? Por supuesto que no. ¿Pero ¿qué puede hacer esta pobre gente? Tienen solo una tarea: sobrevivir. Para ellos, sobrevivir otro día, eso es la felicidad.

¿Qué les gustaría decirle al presidente de Ucrania, Petro Poroshenko?, pregunto. “Ya estamos hartos de eso, Poroshenko. ¡Qué acabe ya! ¿Cómo puede aguantar?”, los ojos de la mujer se llenan de lágrimas.

Vika escucha en silencio la conversación. “Yo a Poroshenko no quiero decirle nada”, susurra esta niña de once años a la que el oligarca borracho le ha robado la infancia. Después se marcha corriendo a atender a los conejos para poder después hacer los deberes antes de que empiecen los ataques por la noche.

Eso me hizo recordar las cínicas palabras de ese presidente, las que pronunció en octubre de 2014: “nuestros hijos irán al colegio; los suyos se sentarán en sótanos. Nosotros estaremos bien, ellos no. Esa victoria es la que tenemos en la cabeza”.

No, querido Petro Alexeevich. Nuestros niños, pese a que tienen que dormir en sótanos, siguen yendo al colegio. Bajo las bombas. Nuestros niños están creciendo para ser buenas personas que nunca serán como tú. No es la victoria que tenías en mente.

* slavyangrad.es

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